Niños/as emocionalmente competentes, adultos socialmente integrados

Nacemos inocentes. Sin emociones mezcladas, sin dudas, sin miedos, sin mentiras. Llegamos para descubrir, luminosos y coherentes. Vulnerables pero abiertos al mundo, animados por una curiosidad rotunda y radical, dotados de la pasión por vivir. Es entonces cuando empieza la búsqueda del sentido en una realidad diaria llena de luces y sombras, donde asaltan el amor, el miedo, la tristeza o la tentación… (E. Punset)

Antes las recientes iniciativas de acercar a los centros educativos un nuevo modelo basado en el incremento de las competencias emocionales e incluir la educación emocional en el curriculum educativo de los/as niños/as*, algunos escépticos se preguntan por qué es necesario enseñar a los niños capacidades relacionadas con las emociones.  Preguntan: “¿Acaso las emociones no surgen en ellos de una manera natural?” Mi respuesta sería: Surgen de manera natural, pero los adultos los condicionamos, hasta que dejan de surgir de manera natural, o simplemente dejan de surgir.

  • Abuelita, ¿por qué mamá me miraba con tristeza?
  • No te miraba con tristeza
  • Pero, ¿por qué estaba triste?
  • Que no estaba triste. No digas eso.
  • ¿Entonces no está triste?
  • No, mamá está bien.

Los viajes en transporte público siempre me aportan oportunidades únicas. Hace un par de días, en un siempre interesante viaje en autobús, fui testigo de esta conversación entre un niño de no más de 7 años y la señora a la que llamaba “abuelita”.

Esta conversación, aparentemente inocua, llamó mi atención en primer lugar por la madurez en las palabras del niño, y en segundo lugar porque no dejó de resultarme preocupante… analicemos con detenimiento la escena:

 

El niño percibe, sin equivocarse, que algo perturba a su madre y reacciona adecuadamente, manifestando su preocupación. La abuela interviene invalidando la percepción (correcta) que el niño tiene de la realidad. Quizá lo haga con el deseo de ” protegerlo”, quizá porque ni ella misma sabe cómo afrontar la infelicidad  o la tristeza de su hija. 

Decía que esta escena me resultó llamativa (hasta el punto de dedicarle este nuevo post) al mismo tiempo que preocupante, ¿por qué?

En primer lugar, hay que tener en cuenta que la capacidad de un/a niño/a para identificar emociones y traducirlas en palabras, es fundamental para la satisfacción de sus necesidades básicas durante la infancia, pero particularmente importante durante su vida adulta.

En segundo lugar, también hay que considerar que esa disponibilidad de los/as niños/as para identificar los sentimientos y su capacidad para comunicarlos son dos cosas distintas.  Aunque su capacidad para hablar sobre las emociones está integrada en el cerebro, el hecho de que sean realmente capaces de utilizar dicha capacidad depende del contexto social en el que crecen y, en particular, de la forma en que los adultos interactuamos con ellos/as y entre nosotros.

En las familias donde los sentimientos se expresan y examinan abiertamente, los/as niños/as desarrollan el vocabulario para pensar en sus emociones y comunicarlas.  En las familias donde se suprimen los sentimientos y se evita la comunicación emocional, es más probable que los niños sean emocionalmente mudos (o sordos, o ciegos).

Volvamos al ejemplo anterior. Si nuestro niño del autobús ha detectado (gracias a sus neuronas espejo y a su capacidad de empatía emocional) señales de una emoción llamada tristeza, y ante su manifestación de preocupación por este hecho se encuentra sistemáticamente con esa respuesta por parte de un adulto, es posible que ocurra que

  1. aprenda que eso que él creía que era tristeza en realidad no lo era, o
  2. que aprenda que no hay que pensar (o hablar) de estar triste.

¿qué ocurrirá cuando este niño se convierta en adulto y su pareja un día se sienta triste?, ¿será capaz de reconocer su tristeza y darle el soporte necesario?, ¿Hablará con él/ella sobre los motivos que le hacen estar triste?, ¿reconocerá nuestro niño-adulto que su compañero/a de trabajo tiene un mal día?.

Tal vez sí… pero probablemente no.

Aunque la psicoterapia ha demostrado que la gente puede aprender el “lenguaje” de las emociones a cualquier edad, como ocurre con los otros lenguajes, los que tienen mayor dominio del lenguaje son los que aprenden mientras son jóvenes.

Aprender a identificar y transmitir las emociones propias es una parte importante de la comunicación y un aspecto vital del control emocional.  Pero apreciar las emociones de los demás constituye una capacidad igualmente importante, particularmente para el desarrollo de relaciones íntimas y satisfactorias.

El juego: un aliado para la comunicación emocional.

Shapiro (1997) en su libro “La inteligencia emocional de los niños” propone una serie de juegos para alentar a los niños (y a sus padres) a desarrollar un lenguaje de las emociones. Entre ellos propone la siguiente actividad:

  • Hazte con una revista de noticias que muestre fotografías instantáneas (en lugar de fotos posadas) y pídele a tus hijos/as que describan lo que, según ellos/as, está sintiendo cada persona.
  • Escribe cada emoción identificada en una hoja de papel.
  • Pídele al/a niño/a que te dé un ejemplo de un momento en que haya experimentado ese sentimiento (si tiene dificultades, ofrécele ejemplos de tu propia experiencia de vida a modo de ilustración)

Este juego puede adoptar tantas variantes como nuestra imaginación sea capaz de crear (por ejemplo, qué emociones cree que sienten los protagonistas de su serie de dibujos animados favorita) y puede complementarse -según la edad del/a niño/a- con un “darse cuenta” de cuáles son las sensaciones que su cuerpo experimenta ante esa emoción descrita.

Necesitamos recursos para controlar las emociones en situaciones de tensión; competencias emocionales para afrontar los retos profesionales con mayores probabilidades de éxito, autocontrol y bienestar; para conseguir un desarrollo pleno de la personalidad; un mayor conocimiento de uno mismo; para prevenir y superar estados de ánimo negativos. Y esto sólo es posible con una educación emocional.

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*Algunos de los programas (existen más) que se han venido desarrollando en nuestro país y que cuentan con un grado elevado de aceptación son:

  • Programa de educación emocional (Olbiol, 2005).
  • Programa de educación emocional para 3-6 años (López, 2003).
  • Programa de educación emocional para 6-12 años (López, 2003).
  • Programa educación social y afectiva (Trianes, Muñoz y Jiménez, 2000).
  • Programa Siendo inteligente con las emociones (SICLE) (Vallés Arándiga, 1999).
  • Programa de competencia social. Decídete (Segura, Expósito y Arcas, 1999).
  • Programa educación emocional (Díez de Ulzurrum y Martí, 1998).
  • Programa de refuerzo de las habilidades sociales, autoestima y solución de problemas (Vallés Arándiga, 1994)
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