Lo que se nombra adquiere fuerza, lo que no se nombra deja de existir (C. Milosz)

Comparto esta semana una historia que alguien compartió conmigo hace algún tiempo, pero que, por unos motivos u otros, siempre tengo presente.

A mi abuelo aquel día lo vi distinto. Tenía la mirada enfocada en lo distante. Casi ausente. Pienso ahora que tal vez presentía que era el último día de su vida. Me aproximé y le dije: “¡Buenos días, abuelo!”. Él extendió su mano en silencio.

Me senté junto a su sillón y después de unos instantes un tanto misteriosos, exclamó: “¡Hoy es día de inventario, hijo!”. “¿Inventario?”, pregunté sorprendido. “Sí. ¡El inventario de tantas cosas perdidas! Siempre tuve deseos de hacer muchas cosas que luego nunca hice, por no tener la voluntad suficiente para sobreponerme a mi pereza, o por pensar que ya tendría ocasión de hacerlas. Recuerdo aquella chica que amé en silencio durante cuatro años, hasta que un día se marchó del pueblo sin yo saberlo. También estuve a punto de estudiar ingeniería, pero no me atreví en su momento y pensé que algún día lo haría. Recuerdo tantos momentos en que he hecho daño a otros por no tener el valor necesario para hablar, para decir lo que pensaba. Y otras veces en que me faltó valentía para ser leal. Y las pocas veces que le he dicho a tu abuela que la quiero, y la quiero con locura. ¡Tantas cosas no concluidas, tantos amores no declarados, tantas oportunidades perdidas!”. 

Luego, su mirada se hundió aun más en el vacío y se le humedecieron sus ojos, y continuó: “Este es mi inventario de cosas perdidas, la revisión de mi vida. A mi ya no me sirve. A ti sí. Te lo dejo como regalo para que puedas hacer tu inventario a tiempo”.

Al momento, con cierta alegría en el rostro, continuó: “¿Sabes qué he descubierto en estos días? ¿Sabes qué es lo más imperdonable en la vida de un ser humano?”. La pregunta me sorprendió y solo atiné a decir, con inseguridad: “No lo había pensado. Supongo que matar a otros seres humanos, odiar al prójimo y desearle el mal…”. Me miró con afecto y me dijo: “Pienso que lo más grave en la vida de un ser humano es el daño por omisión. Y lo más doloroso es descubrir las cosas perdidas sin tener tiempo para encontrarlas y recuperarlas.” 

Al día siguiente, regresé temprano a casa, después del entierro del abuelo, para hacer con calma mi propio “inventario” de las cosas perdidas, de las cosas no dichas, del afecto no manifestado.

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Dicen que el silencio también es comunicación

Cierro la “trilogía” dedicada a la comunicación no verbal dándole al silencio el protagonismo que para mi merece por su alto poder comunicativo.

Al principio no fue la palabra, sino el silencio, y del silencio emergió la palabra con sentido (F. Torralba)

El silencio, los silencios, no son un elemento accidental en la comunicación, sino un elemento decisivo para conseguir una comprensión auténtica. Pero, sin embargo, nadie (o casi nadie) quiere callar, pues callar se percibe como un fracaso. Es como si en Occidente el silencio no fuera soportable. Quien no habla es un/a perdedor/a, un/a cobarde/a, un/a sometido/a, poco sociable… Cuando se instala el silencio, aunque sea por unos breves segundos, la gente no sabe qué hacer, se siente incómoda e invadida por la angustia, tiene miedo. Sin embargo, el silencio, es lo que otorga sentido a la palabra.

De hecho, creo que las cosas más importantes de la vida se transmiten a través del silencio. Y es en el silencio donde se escucha verdaderamente.

Nos asusta el silencio, quizá porque no nos han enseñado a vivirlo, a interpretarlo y a aplicarlo bien y esto hace que perdamos información del mundo, de las personas, de las relaciones…

 

El silencio es un agente comunicador porque comunica estados, pasiones, angustias y alegrías; vivencias intensamente enraizadas en el corazón. Pero además, el silencio es el punto de partida y el punto de llegada de toda comunicación verdaderamente humana. 

 

Os dejo un ejemplo del valor del silencio, del silencio significativo.

El filósofo chino Kungtsé, que vivió hace unos 2500 años, tuvo que esperar 12 años hasta que tuvo la oportunidad de conocer a un sabio maestro con el que sólo había mantenido comunicación mediante cartas. Después de un viaje que duró varios días, ambos por fin se encontraron. Se saludaron en silencio con una respetuosa reverencia y se sentaron frente a frente sin mediar palabra.

Media hora más tarde, Kungtsé se levantó sin que hubiesen pronunciado ninguna palabra y se despidieron con una nueva silenciosa reverencia.

Durante el viaje de regreso, los discípulos de Kungtsé que habían presenciado el encuentro le dijeron: “pero Maestro, tantos años esperando este encuentro, y al final ¿no habéis sabido hacer nada mejor que estar sentados frente a frente sin decir nada?” Kungtsé contestó “Ha sido la media hora más sublime de mi vida, cualquier palabra hubiese estado de más”

“Tus actos siempre hablan más alto y más claro que tus palabras” (Stephen Covey)

Retomo la tématica de la Comunicación No Verbal del post anterior, para seguir con los GESTOS.

Nuestro comportamiento esconde mensajes que a menudo contradicen nuestras palabras. En nuestro día a día realizamos un sinfín de acciones que dicen mucho de nosotros. La mayoría las hacemos de forma rutinaria, sin darnos cuenta, ignorando que tienen un claro significado a los ojos de los demás. Y lo cierto es que la gente nos juzgará,en gran medida, por estas acciones.

No hace falta ser psicólogo/a o experto/a en comunicación no verbal para comprender y/o interpretar el significado de ciertas miradas y ciertos gestos; todas/os somos capaces de interpretarlos y de hecho lo hacemos constantemente. Si uno/a está familiarizado/a con los fundamentos de la comunicación no verbal, percibirá claramente estos mensajes, pero si no lo está, los percibirá también y los interpretará, aunque sea de manera no consciente. Que conozca a alguien y me produzca desconfianza sin saber porqué, por ejemplo, tiene mucho que ver con las “señales” que percibimos en su comunicación.

“Nuestra conducta es la única prueba de sinceridad de nuestro corazón” (Charles T. Wilson)

A la hora de hacernos una imagen sobre una persona, lo que le veamos hacer pesará siempre mucho más que lo que le oigamos decir. Los seres humanos somos especialmente buenos captando mensajes a través de los comportamientos, ya que estamos genéticamente programados para detectar señales de conducta y para entender rápidamente su significado. No en vano el lenguaje verbal entre los seres humanos,  tal y como lo conocemos hoy, es un “invento” relativamente reciente; eso no significa que nuestros antepasados Neandertales no se comunicasen perfectamente entre ellos haciendo uso de los gestos y sonidos muy elementales.

Somos, como decía, especialmente hábiles captando los mensajes a través de las conductas; y socialmente hemos creado un pequeño diccionario dentro de nosotros que da un significado muy concreto a cada gesto que observamos y lo traduce en una determinada actitud.

Este diccionario  no es universal (como no lo es ningún otro) pues dependiendo de cada una/o de nosotras/os, de nuestra sensibilidad, de nuestra susceptibilidad y de nuestras costumbres, daremos matices a los significados y a la interpretación de cada gesto. Aún así, la mayoría de ellos tiene un significado básico común, que es bueno que conozcamos pues será la base del juicio que hagan de nosotros/as.

Pequeño diccionario de mensajes ocultos

Estos son algunos actos cotidianos que realizamos y el mensaje que pueden ocultar o puede ser interpretado por nuestro interlocutor:

  • Llegar tarde:

“Mi tiempo es más valioso que tú”.

  • Responder al teléfono mientras estamos con alguien (obviamente, siempre y cuando no sea una urgencia):

“Lo que me cuentas no es tan importante”.

  • Mirar el reloj con demasiada frecuencia:

 “No tengo más tiempo para ti”. “Quiero irme”.

  • No invitar a sentarse a alguien a quien recibes en tu despacho/consulta:

 “Date prisa, porque te voy a dedicar muy poco tiempo”.

  • Cambiar repentinamente de tema respecto de lo que el/la otro/a nos cuenta:

 “No me interesa lo que me cuentas”. “Quiero hablar de esto que es más importante”

  • Interrumpir al otro:

“Lo que yo tengo que decir es más importante”.

  • Leer correos/mensajes en el móvil mientras hablamos:

“Hay cosas más importantes que merecen mi atención”. “No te estoy escuchando”

  • Mirar al horizonte mientras hablas con alguien, estar pendiente de quién pasa cerca:

 “Me estás agobiando”; “no me interesa lo que me cuentas”

  • Entrar a algún sitio con un saludo general sin mirar a las personas que hay en él:

“Miradme vosotros/as a mí. Yo soy el/la importante”.

 “La conducta es un espejo en el que cada uno muestra su imagen” (Goethe)

 

 

Fuente:

http://www.elpais.com/articulo/portada/mensajes/gestos/elpepusoceps/20110327elpepspor_7/Tes

 

“Cuando le sonríes a la vida, la mitad de la sonrisa es para tu rostro y la otra mitad para el rostro de otra persona”

Sí, lo reconozco, me apasiona, soy una fanática de la comunicación no verbal! Más de una y de dos personas me han dicho (también más de una y de dos veces) que me quedo ausente observando los gestos o la comunicación de las personas. Es cierto, lo hago y me fascina.

A mis alumnos también parece gustarles el tema, la experiencia docente me dice que es un tema que casi siempre despierta curiosidad. Supongo que tiene que ver con que resulta divertido hacernos conscientes y “descifrar” los mensajes encriptados de nuestro cuerpo (o más bien del de los/as otros/as).

La verdad es que esperar tu turno en la cola del súper, comer sola en un comedor universitario abarrotado de gente o simplemente viajar en autobús, se convierten en experiencias verdaderamente interesantes cuando una es una fanática de estos temas. Aunque, como todo, tiene su parte menos divertida, cuando te das cuenta de que un/a alumno/a te la quiere pegar, de que tu jefe/a te está ocultando algo sobre tu futuro o tu compañero/a no está tan bien como dice estar… en ocasiones, es cierto, estar “ciega” es necesario para tener un mínimo de armonía.

Pero ¿por qué es tan importante la “lectura” de lo no verbal?

Según el profesor Meharabian, en interacciones en las que la comunicación es ambigüa, o en el caso concreto de la comunicación de emociones, sólo el 7% de la información que recibimos proviene de las palabras, mientras que el 55% de la información la extraemos de aspectos No Verbales (gestosposturas, sonrisas, movimiento de los ojos, respiración. etc) y el 38% de aspectos Paraverbales (entonación, volumen, velocidad, tono, etc)

Solemos pensar que nuestra comunicación con los demás empieza cuando abrimos la boca para hablar. Y lo cierto es que ha comenzado mucho antes. Lo ha hecho en el preciso instante en que hemos aparecido en escena y hemos compartido el espacio físico con nuestros interlocutores. Y en esta fase previa nos jugamos causar una primera buena impresión o, por el contrario, causar una mala impresión inicial y que tengamos que remontarla. Cuando conocemos a una persona ésta nos ofrece una primera impresión de ella misma, que es la que ella considerará como más adecuada en función de la imagen que quiere transmitir. Esta primera impresión que recibimos por medio de cómo va vestida, su peinado, su forma de andar, su forma de mirar mientras nos acercamos, la expresión de su cara al ponernos frente a frente, etc… harán que se forme en nosotros una impresión positiva o negativa hacia ella. Además, cuando comience a hablar, aflorarán sus emociones, y con ellas los gestos que siempre las acompañan. Si la persona es sincera, los gestos (considerados como cualquier estimulo visual que el interlocutor arroja) complementarán el mensaje transmitido mediante sus palabras; si no lo es, los gestos las contradirán y quedará en evidencia.

De la amplia gama de variables que componen el estudio de la comunicación no verbal (mirada, sonrisa, postura, distancia de interacción, gestos, etc…) merecen para mi un apartado especial la mirada y la sonrisa.

“Sólo cuando dos personas se miran directamente a los ojos existe una base real de comunicación” (Allan Pease)

Enviamos y recibimos con los ojos más mensajes que con cualquier otra parte del cuerpo. El contacto visual es esencial para conectar con la gente. Esquivar la mirada es un signo de que escondemos algo. Cuando una persona no es honesta, nos devuelve pocas veces la mirada. Mirar a los ojos (sin caer en la mirada intimidatoria) es esencial para que haya una base de confianza en la comunicación.

Lo que veamos en los ojos del/a otro/a nos dará muchas pistas sobre lo que nos quiere decir.

“Cuando le sonríes a la vida, la mitad de la sonrisa es para tu rostro y la otra mitad para el rostro de otra persona” (Prov. Tibetano)

La sonrisa es un gesto que dice mucho de nosotros/as, y demuestra que estamos felices, pero el hecho de sonreír también puede hacernos más felices. No sé si habéis hecho alguna vez la prueba (yo sí) pero si una/o, aunque no encuentre demasiados motivos para sonreir, intenta sonreir sinceramente, notará cómo se  siente mejor y, además, logra hacer sentir mejor a su interloculor/a. La sonrisa puede provocar muchas reacciones positivas por parte de los demás, que redundarán en que yo me sienta mejor al percibirlos… y todo ha comenzado con una sonrisa. 

Algunas investigaciones realizadas indican que el cerebro humano parece tener preferencia por los rostros felices y los reconoce más fácil y rápidamente. Es –como lo denomina Goleman en su libro– el efecto cara feliz. Mostrar una sonrisa es una buena manera de generar una primera impresión positiva, si bien la sonrisa debe ser genuina. Si no lo es, lo identificaremos porque sólo se reflejará en la boca (la sonrisa verdadera se detecta además en los pómulos y en los ojos). Y si es exageradamente prolongada –de 5 a 10 segundos– será muy probablemente falsa.

Las personas buscamos constantemente expresiones faciales mientras nos comunicamos para saber cómo interpretar lo que decimos o nos están diciendo. 

Fuentes:

Yuste (2010) Herramientas de coaching personal. Bilbao: Desclée de Brouwer

http://manuelgross.bligoo.com/content/view/763753/Hablar-sin-palabras-El-lenguaje-gestual.html